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DEL NARCOTRAFICO A LOS PIES DE JESUS
Publicado 29/04/2008 por ENGEL ARIZA

TESTIMONIO 6 De Septiembre 1983 Primera Parte ENGEL ARIZA, EX –CONVICTO EN LOS EE UU – HOY MINISTRO DE CRISTO Es un privilegio poder testificar acerca de la bondad de nuestro Señor Jesús Cristo, y de Su misericordia para los que anduvimos en tinieblas. Todo comenzó aquella mañana del 6 de septiembre de 1983. Cinco años antes de esta fecha tomé la decisión de cambiar el rumbo de mi vida ingresando a negocios de tráfico de droga. Tenía algunas ventajas que para ese entonces me facilitaron un rápido ingreso al negocio, pues hablaba fluidamente el idioma Inglés, tenía una buena educación y po-seía excelentes relaciones públicas. Pude conocer hombres que en el transcurrir de los días delictivos obtuvieron fama en el mundo criminal, pero la mayoría de ellos fueron asesinados, otros están aún purgando condena, y unos pocos se reti-raron millonarios. Regreso a aquella mañana del 6 de septiembre. Era la última ope--ración que decidimos efectuar. En ella pusimos todo nuestro empeño y operacionalmente fue un éxito. La heroína introducida en los Estados Unidos no pudimos mercadearla tan pronto como llegó pues nuestro comprador en Chicago - a través de nuestro contacto en Puerto Rico - tuvo problemas de arrestos federales en su grupo. Uno de nuestros socios, el piloto que había volado desde Colombia a los Estados Unidos con la heroína camuflada en las alas de nuestro equipo Cesna se ofreció a ayudarnos en la venta, en lo cual estuvimos de acuerdo. Estábamos optimistas porque durante una semana estuvo negociando telefónicamente con el supuesto comprador que vivía en Georgia. Aquella mañana del 6 de septiembre sería nuestro día grande. Bobby Jenkins, nuestro socio y piloto me llamó alrededor de las nueve de la mañana pidiéndome que estuviera con él al hacer la venta. Me negué a ello, pues en nuestro código de trabajo nunca negociá-bamos con alguien a quien no conociéramos ampliamente, lo cual en lo personal me libró siempre de muchos problemas. Obviamente, él tenía temor porque la transacción era de un millón y medio de dólares. Dos personas que trabajaban para mí me insistieron que fuese a respaldar a mi piloto en esa transacción, y yo acepté hacerlo. Después que el piloto hizo algunas llamadas alrededor de las diez y media de la mañana desde su casa a los compradores, nos dirigimos al restaurante del Hotel Howard Jonson en Fort Lauderdale para arreglar los movimientos de entrega. Llegamos al restaurante y nuestro piloto continuó con el trato. Quince minutos después las personas que estaban allí fingiendo ser clientes se levantaron empuñando sus armas, nos rodearon y declararon que estábamos arrestados. Es difícil explicar cómo corren las emociones en esos momentos. Los fuertes y nerviosos gritos llenos de insultos de la policía son las tác-ticas de intimidación que usan cuando hacen sus arrestos. Se formó el gran alboroto en el hotel. Fui arrestado a las once y media de la mañana bajo cargos de conspiración, tráfico y distribución de heroína. Mis brazos fueron espo-sados fuertemente a mis espaldas y fui sometido a un largo interro-gatorio. Después de mas de diez horas de investigación me condujeron a un Centro Correccional de Máxima Seguridad. Eran casi las 12 de la noche de ese 6 de septiembre. La guardia del Correccional después de tomar huellas y recibir bajo custodia mis pertenencias personales me entregaron entonces el uniforme de reo y después de ponérmelo, me guiaron a través de unos pasillos a la celda que me fue asignada. Aún recuerdo que era la 4B, en la Sección 6, y habían 8 celdas en total. A la mañana siguiente me llevaron a la Corte Federal. Después que la Juez escuchó los cargos de acusación de parte de la Fiscalía me fijó una fianza de un millón de dólares que por supuesto, yo no tenía. Después de esta audiencia me regresaron al Correccional y me prometieron que para mi próxima audiencia me asignarían un Defensor Público. Meditando en ese momento en mi delito, yo sabía claramente que no existía ninguna posibilidad de recobrar nunca mi libertad puesto que mi ofensa federal por tráfico de heroína era algo grave en los Estados Unidos. Esa mañana, en la Corte, aún sabiendo el problema en que me encontraba me sentía tranquilo en mi espíritu. Usted puede preguntarse lo siguiente: ¿cómo puede un hombre frente a circunstancias tan adver-sas mantenerse tranquilo? ¿Cómo puede un hombre estar sosegado en semejantes circunstancias? Déjeme compartir con usted la razón de mi sosiego. Después de la medianoche del día que fui arrestado ese 6 de septiembre y haber pasado por todos los procesos normales de ingreso a la prisión uno de los carceleros me condujo a la celda que me asignaron. Era como la una de la madrugada cuando la reja de mi celda se cerró detrás de mí. Nunca podré olvidar el ruido fuerte y seco de esa reja. Creo que todo hombre que ha pasado por una experiencia carcelaria conoce perfectamente esa clase de ruido. Minutos después de haberse alejado el guardia comencé a caminar por la estrecha celda donde solo había una dura cama de hierro y un inodoro blanco. Sobre la cama, una sábana doblada en lugar de almo-hada. Había una pequeña claraboya por donde penetraba el escaso res-plandor de un farol externo. Pasaron como quince minutos. Luego, a mi celda, entró un destello de luz que desapareció rápidamente. Sé que fue algo sobrenatural. Mis piernas se debilitaron al instante. Caí de rodillas. No pude evitarlo. Alcé instintivamente mis manos y lágri-mas comenzaron a caer sobre mi rostro. Lloraba como un niño. No lloraba por temor a lo que me esperaba. Yo estaba preparado como cualquier narcotraficante a enfrentarme a la ley el día que fuera arrestado. Lo que sí sabia era que algo interno estaba ocurriendo dentro de mí y yo no podía controlarlo. En esta maravillosa experiencia que me estaba aconteciendo co-mencé a hablar con El, con el Dios que solo de oídas conocía. Después de esta experiencia sobrenatural me puse de píe. Busqué mi cama y me senté. Había sido un día de mucha tensión. Estaba can-sado. Hambriento. Entonces decidí acostarme. Al poner mi cabeza sobre la sábana que estaba allí doblada algo me golpeó. Levanté inmediatamente la sábana y debajo de ella estaba una Biblia. Cuando la vi me alegré inmensamente. La tomé en mis manos y me puse nuevamente de píe acercándome a la escasa luz que penetraba en mi celda. Abrí desesperadamente esa Biblia y al abrirla Dios me llevó al Salmo 27 donde leí: "JEHOVÁ ES MI LUZ Y MI SALVACIÓN; ¿DE QUIÉN TEMERÉ? JEHOVÁ ES LA FORTALEZA DE MI VIDA; ¿DE QUIÉN HE DE ATEMORIZARME? CUANDO SE JUNTARON CONTRA MÍ LOS MALIGNOS, MIS ANGUSTIADORES Y MIS ENEMIGOS, PARA COMER MI CARNE, ELLOS TROPEZARON Y CAYERON". Leí hasta el alba y luego el sueño me venció. Pero después de acostarme, tuve una visión de sueños de esta manera: "Caminaba por un valle hermoso iluminado por una luz que no era la del sol. Iba cabizbajo y triste. De pronto vi. los pies de alguien y me detuve, alcé mi rostro y entonces lo vi. Era un hombre de aspecto dulce y amable. Me preguntó: ¿Adónde vas? Le respondí: No sé. Entonces, extendiendo su mano, me entregó una pala y me dijo: Cava! Entonces comencé a cavar y al hacerlo encontré enterrado allí unos pergaminos. Los tomé en mi mano y le dije a El: Son unos pergaminos. Y El me dijo: Sí, son pergaminos, tienes que cavar diez hoyos y en cada uno encontrarás un rollo de pergaminos. Me puse inmediatamente de pie y me quedé mirándolo. Su rostro era peculiar, sus ojos miraban como ningún hombre mira, y su leve sonrisa era grandemente bondadosa. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse de mí. Mientras se alejaba yo quería correr tras El. Luego, vi que se detuvo. Se volteó y me miró. vi su sonrisa y había tanto amor en El cuando sonrió. Y luego, desapareció." Solo quiero glorificar el nombre de nuestro Dios, mostrando la ma-nera en que El vindicó el Salmo 27: Joseph Price, el sargento federal que había dirigido mi arresto fue arrestado quince días después bajo los mismos cargos que la Corte Federal de los Estados Unidos tenía contra mi. Dios, en forma inexplicable, había preparado a este hombre para to-mar mi lugar. El era el testigo principal de la Fiscalía, y el gobierno no lo pudo usar en mi contra debido a que este agente había perdido todo privilegio y credibilidad federal. A los cinco meses de mi arresto, la Corte Federal después de una serie de arreglos con mi abogado tuvo que darme mi libertad condicio-nal y anular la fianza de un millón de dólares. SEGUNDA PARTE En la primera parte de mi testimonio terminé diciendo que a los cinco meses después de mi arresto la Corte me otorgó libertad condi-cional. La fianza de un millón de dólares que me habían puesto se redujo a la firma de un fiador, mi amigo Henry Vega y a la mía. Pues al haber transcurrido mas de 120 días sin que la Fiscalía me trajera a juicio y me condenara la ley automáticamente obligaba al Honorable Juez Sr. Clyde Atkins a liberarme de la cárcel por requerimiento de mi abogado, el señor Gerardo Remy. Teniendo ya una relación íntima con mi el Señor Jesús y estando en mi tercer día de ayuno, oí la voz de uno de los guardias diciéndome que recogiera mis pertenencias porque estaba libre. Era el mes de Enero de 1,984. El clima en Florida estaba bastante frío. No tenía dinero conmigo. No tenía un abrigo. No tenía ropa. Había perdido mi automóvil y mi apartamento. Días antes de salir de la prisión hice algunas llamadas a algunos amigos pero sin ningún resultado. Pero al salir de la cárcel llamé a mi socio cubano llamado Ricardo Gaetano y su esposa Deisy me contestó. Después de saludarme me puso en espera mientras él venía a hablar conmigo. Llego a este detalle solo para comentar que con este socio tenía ciertas inversiones en común: un barco, un yate y dinero de un último negocio que hicimos todo lo cual ascendía a más de cuatro-cientos mil dólares. Mientras esperaba que Ricardo viniera al teléfono, tiritando de frío dentro de la cabina telefónica desde la cual estaba llamando, gracias a que un guardia me regaló $0.25 para hacer dicha llamada, sentí una voz casi audible que me dijo: ¿No te he sacado de la inmundicia? ¡No to-ques ni pienses mas en ese dinero! Colgué inmediatamente el teléfono. Pedí perdón al Señor. Luego lla-mé a mi amigo Henry Vega y le pedí el favor de recogerme frente a la cárcel sin saber adónde iba a dormir esa noche. Déjeme explicar otro tanto más sobre el agente federal que me arrestó, el Sargento Joseph Price. Cuando vi en la televisión la noticia sobre su arresto, quince días después que él efectuó el mío, quedé impresionado. Jamás hubiera pensado que ese hombre era un traficante de drogas. Al día siguiente de su arresto uno de los reclusos se acercó a mi celda a las seis de la mañana y me dijo: - Colombiano, levántate y mira a quien tienes de vecino – Le pregunté: ¿A quién? Me respondió: - A Joseph Price. En ese momento no sentí nada en contra de ese hombre, excepto pena por el error que él había cometido. Esa misma mañana, desde mi celda, llamé al sargento Price. Después de llamarlo dos veces me preguntó: ¿Es usted el señor Ariza? No nos podíamos ver los rostros. Le dije: - Sí. Le pregunté qué había pasado y me dijo: - Errores. Luego agregó lo siguiente: - Recuerdo su arresto. Usted parece un buen hombre solo que se equivocó de negocio, además, usted no va a tener problemas con su juicio porque la mercancía que llegó al laboratorio, fue una mercancía diferente a la suya - Aproveché esta conversación para decirle que yo estaba muy agradecido con él por haberme arrestado porque esa misma noche yo había tenido una experiencia con Dios en esa celda, que había encontrado allí una Biblia y que me sentía muy contento. El se alegró mucho y me pidió que orara por él, por su esposa y por sus hijos. Esa tarde y el día siguiente jugamos ajedrez de una celda a la otra. Los otros reclusos que veían esto se burlaban. Lo que ellos no entendían era que algo había sucedido dentro de mí. Como dije anteriormente, salí en libertad condicional. Esto me re-quería llamar dos veces por teléfono a la Oficina de Probatoria, además de ir a firmar dos veces un libro que garantizaba mi presencia física en el país. Aún cuando todo eso estaba bien, mis problemas personales continuaban. No tenía dinero, no tenía trabajo, no tenía casa. Un amigo me abría por las noches el carro de su mamá para que yo durmiera allí pero a las seis de la mañana regresaba a abrirlo para que yo saliera. Me acerqué a la Iglesia Bautista para pedir ayuda y no la recibí. Eso no indica que ellos no ayuden, simplemente era un trato de Dios conmigo. Sin embargo, Dios me abrió un lugar donde pasar la noche. El hermano Armando Rodríguez abrió la primera radio cristiana en Miami (Radio Hispano Cristiano) en el horario de 10:00 PM a 6:00 AM, y allí pasaba la noche ayudando en la emisora y teniendo compañerismo con los hermanos. Después de un largo mes de estar sobreviviendo así, conocí en la Emisora al hermano Rafael Maldonado, uno de los cuatro ancianos de una pequeña congregación apostólica. Este hermano me llevó esa misma noche a su apartamento y me acomodó en la mejor cama sobre la cual he dormido en mi vida, ya que llevaba mas de siete meses sin dormir en una cama normal. No solo me recogió en su casa, sino que me dijo lo siguiente: “Engel, creo que usted debe descansar un poco. Quédese aquí tranquilo el tiempo que sea necesario. Lo que está en la refrigeradora tómelo con confianza. Pero lo mas importante es que usted ore y estudie. No necesita ir a un Instituto Bíblico. Aquí tiene mi biblioteca. Estudie las Escrituras y anote lo que no entienda para que lo estudiemos por la tarde cuando yo regrese del trabajo. Aquí hay libros de Teología, Herme-néutica, Evangelismo, en fin, estudie lo que desee. Prepárese. Dios tiene un plan para usted”. Así comenzó el Señor a obrar en esta nueva etapa espiritual en la cual entraba. Junto a estos cuatro varones del Señor y en esa humilde congregación apostólica, mi vida espiritual fue impactada por el amor genuino que fluía en medio de ellos. Esa fue mi primera experiencia sobre la definición de vida eterna. Pues vida eterna es vivir para los demás. Tres años después el Señor me llamó a Su ministerio. Yo debía continuar reportándome a la Oficina de Probatoria como dije anteriormente y la Corte me notificaría sobre las audiencias finales. A los dos años Probatoria me dijo que ya no era necesario continuar reportándome con ellos. El tiempo continuó pasando y yo continuaba creciendo en el servicio del Señor. Mi caso aún estaba abierto pero la Corte Federal no me citaba aún y eso no lo podía comprender. De tal modo que comencé a orarle al Señor para que El me guiara porque ya habían transcurrido ocho años de estar en la nación bajo libertad condicional. Durante todos estos años viajaba cada dos meses a Nueva York y otros lugares para ministrar al Señor y participaba en el Ministerio de Prisiones predicando cada quince días en el Penal de Indiantown en Florida e hice parte de los ministros miembros de la Coalición de Miami para una Comunidad Libre de Drogas. Allí alternaba con Jueces, Fiscales, Detectives y Policías que no sabían nada sobre mi vida pasada y aportaba como muchos mis ideas sobre el pro-blema de drogas que sufrían las comunidades. Marilyn Wagner era en ese entonces la Directora de la Coalición. Como el espacio no es suficiente para continuar con tantos detalles resumiré lo que sucedió después de orar y pedirle a la iglesia que pastoreaba que también oraran por mi caso federal que estaba muy extraño. Escribí una carta al Juez Atkins. A los treinta días me respondió diciendo que el archivo de mi caso se había extraviado y que fue en-contrado en Atlanta, pero que terminara cualquier asunto personal que tuviera porque la Oficina de Alguaciles me visitaría para detenerme y traerme a la Corte. Dos semanas después dos alguaciles vinieron a mi apartamento. Fueron muy amables. Me expresaron el motivo de su visita. Les dije que ya lo sabía. Luego agregaron lo siguiente: “Sabemos que usted es ahora un pastor y no quisiéramos detenerlo aquí. ¿Por qué no llama a alguien de confianza para que traiga su carro de regreso y poder así detenerlo fuera del edificio?”. Dios siempre tiene un trato especial, muchas veces, con sus hijos. De esta forma regresé a la Corte Federal frente al Honorable Juez Atkins. Para que la Fiscalía cerrara el caso tuve dos opciones: Declararme INOCENTE y recomenzar el juicio o declararme CULPABLE. Me declaré culpable porque realmente yo fui culpable delante de Dios por haber ele-gido vivir fuera de sus leyes. Pude posiblemente ganarle el juicio a la Corte pero nunca iba a salir inocente delante de Dios por mentiroso. Para cerrar el caso, al Juez Atkins solo lo quedó la opción de re-gresarme a la prisión por el término de noventa días. Regresé gozoso a la cárcel y comencé a predicar esta vez el Evan-gelio de Jesús Cristo. Un grupo de hermanos reclusos creyeron en el Calvario de Jesús. Al pasar los noventa días yo debía salir aunque no tenía mucha prisa. Estaba contento de servirle también allí al Señor Jesús. Esta vez la Corte volvió a errar. No me asignó un abogado defensor y los noventa días se convirtieron en ciento veinte días. Pero el Señor Jesús cuidaba la Iglesia en Miami y ellos continuaban orando por mí. Un compañero de prisión me habló sobre su abogado que venía a visitarlo al día siguiente. Al decirme su nombre supe que su abogado fue el Fiscal que me acusó en mi caso. Ahora el señor Hershey no era ya un Fiscal de la Corte sino que tenía ahora su propia Oficina Legal. Le pedí a mi amigo que me dejara hablar con el señor Hershey ese día. Cuando me tocó el turno de hablar con él y me vio se acordó inmediatamente de mí. Habían pasado ocho años. Y me dijo: ¿Otra vez en problemas, señor Ariza? El mismo hombre que Dios usó como un Fiscal en contra mía fue el mismo abogado defensor que el mismo Dios usó para para sacarme de la prisión esta vez, pero que por cuestiones técnicas él mandó a su asistente. Tres días después de hablar con el señor Hershey, el juez Atkins me absolvió finalmente del caso. Era un hombre libre y sin ninguna deuda federal pendiente con los Estados Unidos de América. El juez puso públicamente en alto mi con-ducta en la Sala y aseguró que nunca en su carrera judicial había tenido un caso tan singular de un reo como yo. Sucedieron dos cosas interesantes ese día: el Juez Atkins le dijo a los alguaciles que no necesitaban traerme delante de él porque habiendo investigado sobre mí, sabía que yo era un hombre nuevo y que fueran a anunciarme su veredicto a mi favor y en segundo lugar, los alguaciles me dijeron: Puedes irte. Estás libre. Y no se dieron cuenta que salí a la calle con el uniforme de la cárcel, lo cual es prohibido. Lo importante no es llegar a oír que el hombre nos diga que somos libres, aunque eso es una buena noticia para cualquier reo, sino que es mas importante oír al Señor Jesús decirnos: VETE Y NO PEQUES MAS, NO SEA QUE ALGO PEOR TE SUCEDA. TERCERA PARTE En la segunda parte testifiqué sobre la forma misericordiosa y compasiva de cómo el Señor terminó cerrando el caso federal. Y final-mente quiero mostrar finalmente en esta tercera parte del testimonio lo que nuestro amado Salvador y Señor Jesús Cristo ha hecho conmigo después de salvar mi alma. Al haber concluido esos diez años después del llamamiento, co-mencé fervorosamente a orarle al Señor para que me mostrara adonde quería El que yo le sirviera fuera de los Estados Unidos. Meses después, un nuevo convertido de origen salvadoreño vino a la iglesia que pastoreaba en la ciudad de Miami. En uno de los servicios el Señor habló en lenguas e interpretación por medio de un hermano y dijo que el país adonde El quería que yo fuera era El Salvador. En tres meses terminaron todos los preparativos de mi viaje hacia este país. Uno de los hermanos en Miami quiso apoyar un proyecto de inversión que respaldara la obra misionera en El Salvador, así que invir-tió un capital de $40 mil dólares aproximadamente y llenó un contenedor de 20 pies con accesorios y computadoras para que el hermano sal-vadoreño, quien había llegado a nuestra iglesia, se viniera conmigo y se encargara de la distribución. El se encargaría de abrir una tienda para vender computadoras y accesorios. Y para hacer corta esta tercera parte que podría ser un poco larga, resumo que el hermano nos engañó y todo el contenedor desapa-reció y quedamos en un país sin personas conocidas, sin amigos y sin familia, pero Dios nos ayudó, nos abrió puertas y sobrevivimos hasta fundar una Agrupación Misionera en Centroamérica desde la cual sirvo a los propósitos para los que fui escogido por Dios. Quiero confesar que uno de los daños más grandes que recibí del narcotráfico fue la pérdida de mi primer matrimonio. Pero la misericordia de Dios me concedió volver a tener una familia en El Salvador y encausó mi vida dándome la oportunidad de vivirla honestamente. Agradezco la paciencia que el lector tuvo al leer todas estas pági-nas que mostraron el delito radiografiado del narcotráfico y de la tremen-da complejidad del mismo. Las páginas de Reflexiones leídas son simplemente la percepción de una profunda experiencia personal. Nada extraordinario hay en ellas, pero lo que sí es extraordinario fue el testimonio de cómo Dios rescató mi alma perdida sacándola del lodo cenagoso. Lo único que El quiere es rescatarnos de la insensatez de la vida para traernos a un mundo de bendiciones en donde una vida justa nos haga brillar junto a los hombres honestos y honrados de cora-zón. Que Dios te bendiga por medio de Su Hijo Jesús Cristo. PERDON QUIERO PEDIRLE PERDÓN AL PRESIDENTE DE COLOMBIA, SR. ALVARO URIBE VÉLEZ Y A MIS COMPATRIOTAS POR INVOLUCRARME EN LA ACTIVIDAD DEL NARCOTRÁFICO. QUIERO PEDIRLE PERDÓN AL PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS,SR. GEORGE W. BUSH Y A SUS CONCIUDADANOS POR HABER CONSPIRADO, TRAFICADO Y DISTRIBUIDO DROGAS EN ESA NACIÓN. QUIERO AGRADECER AL PRESIDENTE DE EL SALVADOR, SR. ELÍAS ANTONIO SACA, A SU GOBIERNO Y CIUDADANOS POR DARME LA OPORTUNIDAD DE RESIDIR EN ESE PAÍS Y SERVIRLE A LOS HERMANOS SALVADOREÑOS EN LA MEDIDA EN QUE DIOS ME LO HA PERMITIDO. ENGEL ARIZA PEÑA MINISTRO DEL EVANGELIO

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Publicado por: Bart De Wolf , Miembro Vitalicio del Capítulo Siete Mares de FIHNEC El Salvador.
Y les dijo Jesús: “Venid en pos de mi, y haré que seáis pescadores de hombres”. (Marcos 1:17)
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